En la revisión sobre la prevención, diagnóstico y tratamiento en pacientes con hemorragia postparto, abordo la importancia de esta complicación, que se define como la pérdida excesiva de sangre en la etapa final del alumbramiento o hasta concluir el puerperio, requiriendo ingreso hospitalario. Tradicionalmente se considera hemorragia postparto cuando se superan los 500 ml en partos vaginales y los 1000 ml en cesáreas, aunque cualquier sangrado que provoque inestabilidad hemodinámica es crítico. Cuando la pérdida alcanza el 40% del volumen sanguíneo, se activa un choque hipovolémico secundario, situación de alto riesgo.
Destaco que, a nivel mundial, la hemorragia postparto es responsable de cerca del 30% de las muertes maternas, siendo una de las principales causas de fallecimiento, especialmente en países en desarrollo, donde la falta de servicios de salud adecuados contribuye a que ocurra una muerte cada 4 minutos.
Para desarrollar este trabajo, realicé una revisión bibliográfica documental utilizando recursos electrónicos como Google Académico y PubMed, empleando descriptores MESH que me permitieron recopilar información teórica actualizada sobre prevención, diagnóstico y tratamiento de esta condición.
Entre los factores de riesgo identificados se encuentran:
• Edad materna avanzada (>35 años): Asociada a un mayor riesgo de patologías gestacionales, inducciones y cesáreas.
• Parto prolongado: La detención del trabajo de parto, que se define como un retraso en la progresión a pesar de contracciones uterinas intensas, reduce la retracción uterina y favorece el sangrado.
• Multiparidad y gestación múltiple: Aunque la multiparidad se reconoce tradicionalmente como factor de riesgo, el sangrado puede estar más relacionado con la atonía uterina, especialmente en úteros distendidos.
• Trastornos hipertensivos: También influyen, al generar situaciones que complican el proceso del alumbramiento.
El diagnóstico de la hemorragia postparto es complejo, ya que la estimación visual de la pérdida sanguínea puede subestimar entre un 33% y un 50% el volumen real, especialmente cuando la sangre se mezcla con el líquido amniótico. Por ello, es fundamental realizar una observación continua de los signos vitales. Para identificar la causa etiológica, se utiliza la nemotecnia de las “4 T” (tono, trauma, trombina y tejido), lo que implica evaluar la contractilidad uterina, revisar el canal del parto, la integridad de la placenta y, de ser necesario, realizar una exploración manual para descartar lesiones como inversiones o rupturas uterinas. Además, se deben solicitar pruebas de laboratorio, como análisis de coagulación, para confirmar el diagnóstico.
En cuanto al tratamiento, se divide en intervenciones farmacológicas y no farmacológicas, además del manejo específico del shock hipovolémico. En el aspecto farmacológico, se utilizan uterotónicos que son esenciales para aumentar la contractilidad uterina. Entre estos, la oxitocina y la ergometrina son los fármacos de primera elección, dada su rápida acción (entre 2 y 3 minutos), aunque también se emplean misoprostol, carboprost y ácido tranexámico. Por el lado no farmacológico, se recomienda la reposición de líquidos mediante cristaloides y hemoderivados (como plasma fresco congelado y glóbulos rojos), la colocación de una vía intravenosa de gran calibre y el control de la diuresis a través de una sonda Foley. Adicionalmente, el uso del balón Bakri, un dispositivo de silicón que actúa como taponamiento uterino, se ha mostrado muy efectivo (hasta un 90% de eficacia) en la contención del sangrado.
Cuando se desarrolla un choque hipovolémico, es indispensable realizar una resucitación sistémica: asegurar la vía aérea (con intubación endotraqueal si es necesario), acceder a dos vías venosas de gran calibre para administrar entre 1 y 2 litros de líquidos en la primera hora y, en función de la respuesta, utilizar vasopresores y otros fármacos para estabilizar al paciente, además de tratar la acidosis con bicarbonato si es preciso.
Respecto a la prevención, resalto que la única maniobra efectiva con alto nivel de evidencia es el manejo activo del tercer período del parto. Esta estrategia consiste en facilitar la expulsión de la placenta mediante la administración oportuna de uterotónicos, la correcta tracción y contratracción del cordón umbilical, y el masaje uterino postparto, lo que reduce significativamente la pérdida de sangre, la necesidad de transfusiones y el riesgo de complicaciones mayores.
En conclusión, considero que la hemorragia postparto es una complicación de gran relevancia en el ámbito ginecológico, con una prevalencia de al menos el 30% de los casos postparto. Su asociación con diversos factores de riesgo (edad avanzada, parto prolongado, multiparidad, entre otros) y la alta mortalidad asociada requieren un diagnóstico temprano y un manejo integral, combinando medidas farmacológicas y no farmacológicas. Además, la prevención a través del manejo activo del tercer período del parto es fundamental para mejorar los resultados y reducir la mortalidad materna.
Coello Llerena, M. F., Vásquez Morán, B. A., Díaz Soledispa, M. M., & Zurita Desiderio, M. J. (2022). Prevención, diagnóstico y tratamiento en pacientes con hemorragia postparto. Dominio De Las Ciencias, 8(3), 66–77. https://doi.org/10.23857/dc.v8i3.2913
No hay comentarios.:
Publicar un comentario